
La madurez trae calma, confianza y deseo consciente: una combinación que también se nota en la piel. Foto: Unsplash
Envidias fuera
El mejor sexo no fue el primero, sino el que se vive a partir de los 40
Creíamos que lo bueno estaba al principio. Resulta que aquello era solo el ensayo general de lo que, con el tiempo, aprendemos a disfrutar
Por Marcos López
22 DE NOVIEMBRE DE 2025 / 08:00
Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor. Seguro que no añoras los miedos e inseguridades de la pubertad y que te atenazaron durante tu juventud. Por eso el sexo a los 40 y más allá entra en una nueva dimensión. Más pausada, menos enérgica, pero más más placentera. O lo que es lo mismo, mejor.
Cecilia Martín, psicóloga clínica, directora del Instituto de Psicología Psicode y autora del libro Amor orgásmico: Cómo aumentar tu placer y recuperar la pasión (Vergara), lo deja muy claro: «El sexo es mejor en la mediana edad que en la juventud, aunque no por las razones que imaginábamos cuando éramos jóvenes. A los 20, el sexo es impulso, curiosidad, conquista. A los 40 o 50, se convierte en presencia. No se trata de cantidad, sino de calidad. No se trata de probar, sino de sentir».
Madurez, divino tesoro
Los encuentros sexuales en la juventud, cuando alcanzamos la plenitud física, son más vigorosos. También, más torpes. Falta conocimiento. Empezando por el propio cuerpo, que con el paso del tiempo conoces mucho mejor. Como refiere la experta, «llegada la mediana edad, sabes qué te gusta, qué ritmo te acompasa, qué zonas despiertan tu deseo. Has aprendido a explorar tu propia sexualidad y eso te hace más libre y disfrutas más en pareja. Ya no buscas fuera lo que sólo se encuentra dentro».
También te has liberado de los perjuicios y complejos que, como ocurría con tus inseguridades, bloqueaban tu mente. La psicóloga clínica destaca que «los pensamientos automáticos antes boicoteaban tu placer. Te planteabas qué pensará si muestro mi excitación, o si me verá la celulitis y no le gustará. Ahora todo eso ya no pesa. A cierta edad entiendes que el deseo no tiene nada que ver con la perfección, sino con la conexión».
A ello se suma que la madurez te ha vuelto más asertiva. «Sabes lo que te gusta y te atreves a pedirlo. Dejas atrás el rol complaciente y adoptas otro más equilibrado. El placer ya no es algo que das, sino algo que compartes».
Es mucho más que sexo: es una conexión emocional
La experiencia también se convierte en una aliada. Tanto para ti como para la otra persona con la que compartes tus encuentros íntimos: tu pareja. No en vano, «ambos sabéis qué teclas tocar, qué gestos despiertan al otro, qué tiempos necesita cada cuerpo y cómo acompasaros. La sincronía sustituye a la improvisación». Y cuando la relación es sana, no importa que la pasión inicial haya decaído con el paso del tiempo: crecen la confianza, la complicidad y la comunicación», explica Cecilia Martín. «El sexo se convierte en una experiencia de conexión emocional. Ya no es sólo sexo, es hacer el amor».
Amar sin prisas
Pero aún queda lo que, para la especialista en Psicología Clínica y relaciones de pareja, es lo más bonito de todo: el placer deja de ser una meta para convertirse en un estado. «A los 20 buscas llegar; a los 50, sentir. El sexo maduro no tiene prisa, se saborea lentamente y es más consciente, más humano. No grita, suspira. Y cuando lo entiendes, descubres que el mejor sexo no fue el primero… sino el que estás viviendo ahora», señala.
Cada encuentro sexual ya no es una carrera al orgasmo. «Es una danza de piel con piel, mirada y presencia».
Calidad, no cantidad
También es cierto que la frecuencia de tus relaciones sexuales ha decaído en la mediana edad. «Más sexo no siempre equivale a mejor sexo. Lo que realmente marca la diferencia es la calidad del encuentro, la conexión emocional y el grado de deseo compartido. No se trata de contar los encuentros, sino de vivirlos con presencia, ternura y conexión».
Ahora bien, aunque la satisfacción sexual no dependa de la frecuencia, tiene que haber un equilibrio entre la frecuencia deseada y el número de encuentros íntimos. Lo importante no es cuántas veces, sino que ambos se sientan satisfechos con esa frecuencia. Y si las necesidades de ambos no coinciden, surgen los problemas.
Cuando uno tiene más ganas que el otro
En palabras de la experta, «en mi consulta lo veo a menudo: uno de los miembros de la pareja demanda más frecuencia y el otro siente menos deseo. Si el sexo se convierte en una obligación, un lo hago para que no se enfade, el deseo se apaga del todo y el problema se agrava».
Llegará un momento en el que el miembro de la pareja con menor deseo empiece a evitar los besos, los abrazos y todo contacto físico, no sea que sus muestras de cariño se interpreten como una invitación. De hecho, evitará la proximidad física porque una cosa lleva a la otra.
¿Y ahora qué?
Alcanzado este punto, la pareja se habrá distanciado no sólo sexualmente, sino afectivamente. «Resolver esta falta de sincronía es clave para no perder la conexión emocional. En mi libro Amor Orgásmico explico cómo reactivar la pasión de forma sana, respetuosa y compartida. porque el objetivo es que el deseo vuelva a ser un espacio de encuentro y no de conflicto», concluye.
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