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NO TE PIERDAS Qué difícil es educar sin sobreproteger: guía para padres helicóptero e hijos con vértigo

OPINIÓN

Qué difícil es educar sin sobreproteger…

7 DE AGOSTO DE 2026 / 14:00

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Crecer no es fácil. No lo es para los niños, que deben aprender a resolver solos los retos de la vida, ni para los padres, que tienen que saber cuándo dejarles volar.

Sara Antón Cruz
Especialista en Psiquiatría

La crianza implica acompasarse al desarrollo del niño. Esto requiere que los padres vayan ajustando el nivel de cuidado, supervisión y control. FOTO: Westend61/Getty.

Pocas cosas generan tanta contradicción en la vida de un padre o una madre como ver sufrir a un hijo y tener que decidir si intervenir o dejar que aprenda por sí mismo. A veces, lo más difícil de la crianza no es cuidar a un niño pequeño, sino aprender a acompañarlo mientras gana autonomía y entender que, poco a poco, deja de necesitarnos de la misma manera. En definitiva, educar sin sobreproteger.

Todos los padres quieren lo mejor para sus hijos. Sin embargo, una de las preguntas más difíciles de la crianza es: ¿lo mejor es siempre lo más adecuado? Educar no consiste únicamente en proteger, en evitar daño, sino también en preparar a los hijos para la vida.

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Decisiones responsables

La crianza implica acompasarse al desarrollo del niño. A lo largo de los años, un hijo pasa de ser un bebé completamente dependiente para convertirse en un adulto que debe ser capaz de funcionar de manera autónoma, adaptarse a las dificultades y tomar decisiones responsables. Este proceso requiere que los padres vayan ajustando progresivamente el nivel de cuidado, supervisión y control que ejercen sobre él.

A medida que los hijos crecen, necesitan ir asumiendo responsabilidades acordes a su edad. También necesitan empezar a tomar decisiones cada vez más complejas y enfrentarse a las consecuencias de esas decisiones. Algunas veces tendrán éxito y otras se equivocarán. Habrá aciertos, pero también errores, frustraciones y fracasos. Y precisamente ahí es donde se desarrollan habilidades fundamentales para la vida adulta: la tolerancia a la frustración, la capacidad de resolver problemas, la responsabilidad y la autonomía.

Por ejemplo, un niño que olvida un trabajo escolar, un adolescente que organiza mal su tiempo de estudio o un hijo que toma una mala decisión con un amigo están viviendo situaciones incómodas, sí, pero también oportunidades de aprendizaje. Cuando los adultos resolvemos constantemente por ellos cada dificultad, sin darnos cuenta, les transmitimos el mensaje de que no son capaces de afrontarlas solos.

Angustia e impotencia

Este proceso suele resultar especialmente difícil para muchos padres. Con frecuencia anticipan riesgos o consecuencias que sus hijos todavía no son capaces de prever o simplemente no quieren ver. Esto genera angustia e impotencia, especialmente cuando los adultos perciben con claridad una solución y el hijo insiste en tomar otro camino.

En muchas familias, esto desemboca en discusiones relacionadas con los estudios, las amistades, las relaciones de pareja, el uso del tiempo libre o las normas de casa. Estas diferencias suelen intensificarse durante la adolescencia, cuando los hijos desarrollan una personalidad más definida, opiniones propias y mayor necesidad de independencia. En algunos casos, estas tensiones pueden aparecer incluso desde la infancia, especialmente en niños con un temperamento menos dócil o más oposicionista.

A esta dificultad se añade otra no menos importante: la necesidad de que los progenitores funcionen como un equipo. Crianza no significa pensar exactamente igual en todo, pero sí ser capaces de llegar a acuerdos en los aspectos fundamentales. Esto requiere flexibilidad, capacidad de diálogo y, muchas veces, renunciar parcialmente a la propia postura para encontrar puntos intermedios que resulten sostenibles para ambos.

Equilibrio de la crianza compartida

La crianza compartida ofrece a los progenitores una oportunidad muy valiosa: equilibrarse mutuamente. Cada padre o madre tiene fortalezas y debilidades, miedos y facilidades distintas. Poder reconocerlas sin culpabilizar al otro permite construir una crianza más equilibrada. Por ejemplo, puede ocurrir que a uno de los progenitores le cueste especialmente permitir que su hijo salga solo de casa por miedo a que le ocurra algo.

En ese caso, el otro progenitor puede ayudarle a comprender que, dentro de unos límites acordados y adecuados a la edad, esas experiencias son necesarias para el desarrollo de la autonomía. Ese equilibrio suele beneficiar no solo al hijo, sino también al bienestar familiar.

Uno de los riesgos más frecuentes en la actualidad es la sobreprotección. Aunque nace del cariño y del deseo legítimo de evitar sufrimiento a los hijos, una protección excesiva puede dificultar el desarrollo de la autonomía. También de la responsabilidad sobre los propios actos y de la capacidad para enfrentarse a la vida real. Proteger de verdad no significa evitar todas las dificultades, sino acompañar mientras aprenden a manejarlas.

Futura vida adulta

Por eso, es importante ofrecer a los hijos oportunidades para entrenarse en la futura vida adulta. Frente a esos padres sobreprotectores —los temidos padres helicóptero— conviene dar aire a los niños para favorecer su autonomía. Lejos de abandonarlos a su suerte, implica darles pequeñas responsabilidades adaptadas a su edad, como recoger su cuarto o preparar la mochila del cole. Y asumir que se van a equivocar sin amonestar de forma innecesaria. Muchas veces se aprende más por la experiencia (por ejemplo, olvidar el bocadillo para el recreo) que castigar, regañar o insistir en el ‘te lo dije’.

Esta forma de actuar requiere un acto de contención para los adultos. Y, asumámoslo, nos va a costar. Porque nuestros hijos muchas veces harán las cosas a nuestra manera y otras, a la suya. Será mejor o peor, pero es la suya. Habrá que echar mano de la paciencia, la templanza y grandes dosis de flexibilidad a medida que crecen, en especial, al llegar a la adolescencia, cuando el conflicto es su forma de hacerse valer.

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«Mientras estés en mi casa…»

Evitemos el ‘mientras estés en mi casa, las cosas se hacen a mi manera’ y aprendamos a escuchar su opinión en temas que les afectan directamente, como la ropa o su aspecto, estudios, las actividades extraescolares, las amistades o los planes de ocio. Bad Bunny es para ellos como Madonna para nuestra generación y los Rolling Stones para la de nuestros padres. Lo diferente no significa necesariamente incorrecto. De hecho, a veces pueden sorprendernos para bien.

En definitiva, la mejor manera de proteger a nuestros hijos no es resolverles constantemente la vida, sino entrenarlos progresivamente en la toma de decisiones, en la responsabilidad y en la asertividad. El objetivo final de educar no es criar niños dependientes y obedientes, sino adultos autónomos, responsables y capaces de desenvolverse en la vida con seguridad y criterio propio.

Tal vez por eso resulta tan significativo el origen de la propia palabra ‘educar’. Según la Real Academia Española, procede del latín educāre, relacionado con dirigir, desarrollar y guiar. Educar consiste en saber acompañarlos y guiarlos progresivamente, para que puedan desarrollar sus propias capacidades y aprender a sostenerse por sí mismos en la vida.

Sara Antón Cruz Especialista en Psiquiatría y en Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia. A lo largo de su trayectoria profesional se ha centrado en población infanto-juvenil, principalmente en trastornos de ansiedad, depresivos y de la conducta alimentaria. Miembro asociado de la AEPNYA (Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y Adolescencia).

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