
El enfado sucede siempre por algo. Así que no se trata de sonreír y hacer como que no pasa nada, sino abordar qué emociones lo ha causado. FOTO: AbsolutVision/Pixabay.
Desenfadarse de verdad no es tan fácil
Ante todo, mucha calma: cómo gestionar los enfados repentinos sin perder los estribos
Muchos enfados surgen por un detonante y se alimentan de mucha rabia acumulada. Y es ahí donde hay que trabajar para evitar explosiones descontroladas.
Por Marita Alonso
3 DE ENERO DE 2026 / 08:00
Ya lo decía Yoda: la ira lleva al lado oscuro. O a dejarte de hablar con tu cuñada por una discusión en la cena de Navidad. De ahí que tendamos a reprimir y disculparnos casi al unísono. Preferimos taponar a gestionar el enfado como es debido. «No sé por qué me he puesto así» es una frase con la que muchas nos podemos sentir identificadas cuando la ira se hace con nosotras y estallamos. Algo que no es demasiado extraño si tenemos en cuenta que al haber estado la ira femenina siempre demonizada, no es raro intentar ocultarla. «Muchas veces no nos enfada lo que pasa, sino lo que nos activa por dentro sin que nos demos cuenta», explica Sonia Díaz Rois, mentora y coach especializada en gestión de la ira.
El problema, a su juicio, no es enfadarse. Es la dificultad de entender de dónde viene ese enfado. Y señala que hay dos piezas claves para comprender lo que ocurre: la zona ciega y la zona oculta.
La zona ciega que todos ven, salvo tú
Hay una zona en la que no notamos las señales. «Pero sí influyen en cómo reaccionamos. Esa es la zona ciega: comportamientos que otros ven clarísimos, pero que desde dentro pasan desapercibidos», explica la experta. ¿Algunos ejemplos con los que comprender estos comportamientos? Decir que estamos bien cuando al pronunciar tales palabras, arqueamos la ceja y nuestra voz ha subido dos tonos u otro clásico.
Se nota cuando respondemos ‘nada, todo está bien’ cuando nos preguntan qué necesitamos con ese tono que delata que nada está bien.
La zona oculta de las emociones que no dejamos salir
Por su parte la zona oculta es la que guarda esas emociones o necesidades que no mostramos por miedo a molestar, a parecer exageradas o susceptibles. Sin embargo, están ahí. Y esas emociones silenciadas, que pueden ser desde el cansancio hasta la frustración, lejos de esfumarse, se acumulan.
«Y como no la reconocemos y no la nombramos, acaba saliendo como puede. Normalmente, en forma de enfado», dice Díaz Rois.
Los ‘enfaditos’ infantiles y cómo gestionarlos
Bregar con un berrinche infantil no es fácil. La autora de Y si me enfado, ¿qué? comenta que, en realidad, cuando un niño se enfada de repente, esa furia no es tan repentina como pudiera parecer. Simplemente no tiene la capacidad que tenemos las personas adultas de aguantar, disimular o hacer como que no pasa nada. Su filtro todavía no está formado.
«La clave no es intentar que el enfado desaparezca rápido, como si estuviéramos apagando un incendio, sino acompañarlo. Lo primero es que la persona adulta mantenga la calma. Si logramos eso ya tenemos medio camino recorrido. «Después, ayuda mucho ponerle palabras a lo que está sintiendo: ‘Veo que esto te ha frustrado mucho», comenta.
Caso práctico: ante todo, mucha calma (y mano izquierda)
Comparte con WeLife una experiencia en consulta en la que una clienta le contaba cómo le había explicado a su hijo la fórmula que podríamos resumir como ‘Cabreo = Expectativas vs. Realidad’. «Le puso la sopa y el pequeño rompió a llorar porque tenía letras y estrellitas: él esperaba que fuese solo de letras. Ella le respondió: ‘Entiendo que estés enfadado porque no es lo que esperabas. La próxima vez lo decidimos juntos. Hoy la dejamos así porque quería aprovechar las estrellitas que quedaban’. Su hijo se quedó sorprendido… y se calmó. Funcionó porque sintió que su madre había comprendido exactamente por qué se había enfadado. Y sentirte comprendido cuando te enfadas no tiene precio», asegura.
Señala que hay que evitar la manida frase ‘no pasa nada’ porque para él sí pasa y sí es importante. «Si puede sentir que lo que le ocurre es válido y que no es demasiado, estás sembrando algo importantísimo: que pueda regularse sin tener que reprimir lo que siente», matiza.
El enfado también quiere que le escuchen
No se trata de respirar en una bolsa. Ni siquiera de respirar hondo para no saltar sobre tu jefa cuando te dice que repitas ese trabajo que tanto te ha costado. El enfado existe por algo y hay que hacerle caso. «Aunque no lo digamos, lo que sentimos sigue dentro, pidiendo ser atendido. Tendemos a pensar que un enfado no expresado se resuelve cuando, por fin, un día reunimos valor, respiramos hondo y soltamos todo de golpe. Pero el enfado no funciona así. Lo que más necesita es que tú lo comprendas: que lo escuches, que le prestes atención. Muchas veces tiene más que ver con una necesidad propia que no hemos identificado que con lo que ha hecho otra persona», dice.
Por eso prestarle atención —antes, durante o después— siempre ayuda. Nos entrena a comprender y a empezar a hablar el idioma del enfado. Y ahora sí, que cunda la calma.
WeLife hoy
PlayfulnessEnfadosRegalosFascia segundo cerebroAntiarrugasSiguenos :)