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Mujer agotada tras trabajar más horas de las necesarias para demostrar su valía profesional tras un ascenso

Muchos ascensos llegan con una subida de sueldo y una colección de horas extra de regalo que nadie te ha pedido. Foto: Cottonbro / Pexels

Del síndrome del impostor al sobreesfuerzo compensatorio

Te suben el sueldo y te entra la culpa: por qué acabas trabajando más

Nadie te lo exige, pero tú te lo impones. Como si necesitaras justificar ese aumento, no sea que piensen que no lo mereces

Por Isa Espín

12 DE SEPTIEMBRE DE 2026 / 08:00

Te acaban de ascender y vas a cobrar más. En vez de celebrarlo, te autoimpones trabajar el doble para justificar ese aumento. ¿Te suena? No eres la única que lo sufre. Un reciente estudio, I Can't Stop: The Effects of Psychological Climate for Overwork on Recovery Experiences, publicado en 2026 en la revista científica Occupational Health Science, habla de compensatory overworking o sobreesfuerzo compensatorio.

El estudio está lleno de llamadas de atención al exceso de perfeccionismo, la adicción cognitiva al trabajo y la culpa por recuperarse en vez de estar trabajando.

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No puedo vivir, tengo que trabajar

Una subida de sueldo o un cambio de trabajo con unas buenas condiciones económicas pueden ser los desencadenantes del desastre. Nos sentimos culpables por ganar más dinero y necesitamos compensarlo trabajando de más.

"Muchas personas adaptan rápidamente su estilo de vida a sus nuevos ingresos. Lo que en un primer momento supone una mejora económica acaba convirtiéndose en la nueva normalidad", explica Marta Freire, psicóloga educativa, coach ejecutiva y experta en Comportamiento Humano DISC e Inteligencia Relacional.

Que nadie piense que no lo merezco

Un aumento de ingresos suele venir acompañado de más responsabilidad. En perfiles especialmente perfeccionistas, autoexigentes o con una fuerte necesidad de demostrar su valía, este cambio puede activar la sensación de que deben esforzarse aún más para justificar lo que reciben.

"Para algunas personas, cobrar más no confirma su valor, sino que aumenta la sospecha interna de que no están a la altura. La persona cree que en cualquier momento le van a desenmascarar y van a descubrir que no vale lo que creen los demás, y aparece la necesidad de justificar cada euro con más esfuerzo", sostiene.

Es lo que algunos autores denominan sobreesfuerzo compensatorio: trabajar más no porque sea objetivamente necesario, sino para justificar la incomodidad que genera sentir que hay que estar continuamente demostrando algo. "Las personas con una autoestima muy vinculada a sus logros tienden a utilizar el trabajo como una fuente principal de validación. En estos casos, un salario más alto puede reforzar la idea de que su valor depende de seguir produciendo, alcanzando objetivos o estando siempre disponibles", destaca la experta.

Vales tanto como las horas que dedicas

Parte de esta culpa tiene que ver con una idea que hemos heredado durante generaciones: asociar directamente el tiempo trabajado con el valor generado. "Durante mucho tiempo, el trabajo estuvo ligado a un intercambio muy claro: cuantas más horas trabajabas, más dinero ganabas. Era una relación bastante directa entre esfuerzo, tiempo y recompensa", señala.

Hoy vivimos en un contexto muy distinto. En muchos trabajos ya no se remunera únicamente el tiempo, sino la capacidad de alcanzar objetivos, resolver problemas, tomar decisiones o aportar valor. Aun así, muchas personas siguen funcionando con el esquema mental anterior: si no estoy haciendo, no estoy produciendo; y si no estoy produciendo, estoy perdiendo algo.

"De ahí nace gran parte de la culpa al descansar. El problema es que seguimos evaluando nuestro rendimiento con criterios propios de otra época. Nos cuesta aceptar que, en muchos trabajos actuales, el descanso no es lo contrario de la productividad, sino una condición necesaria para mantenerla", añade.

La cultura del trabajo se aprendía en casa

La educación y la familia juegan un papel fundamental porque son los primeros espacios donde aprendemos qué significa trabajar, esforzarse y tener éxito. Muchas personas han crecido escuchando mensajes que asociaban el valor personal al sacrificio, a las horas dedicadas o a la capacidad de aguantar.

Freire apunta que ahora "estamos viviendo una transición que no es solo tecnológica, sino también mental. Durante décadas hemos medido el trabajo por la cantidad de tiempo que dedicábamos; ahora cada vez más profesiones se evalúan por los resultados, las soluciones aportadas o el impacto generado".

La Generación Z se rebela

A todo esto se une la cultura del sufrimiento. "Durante generaciones hemos asociado el sufrimiento con el mérito. Hemos crecido escuchando mensajes como 'nadie regala nada', 'hay que sacrificarse' o 'si no cuesta, no vale'. Y hemos acabado confundiendo esfuerzo con sufrimiento, como si fueran lo mismo. Y no lo son. El esfuerzo es necesario para aprender, crecer o alcanzar objetivos. El sufrimiento, en cambio, no siempre aporta valor", asegura.

Aunque no es un fenómeno exclusivo de un rango de edad, las nuevas generaciones han entrado en un mercado laboral diferente. La Generación Z, formada aproximadamente por los nacidos entre finales de los años noventa y principios de la década de 2010, ha crecido en un entorno donde cada vez tienen más peso el conocimiento, la creatividad, la innovación o la capacidad de resolver problemas. Esto hace, como asegura la psicóloga, "que muchos jóvenes cuestionen la idea de que trabajar más horas equivale necesariamente a aportar más valor".

Miedo a no estar a la altura

Detrás del sobreesfuerzo compensatorio suelen encontrarse varios mecanismos psicológicos que se retroalimentan entre sí. Entre los más habituales están una autoexigencia elevada, alto perfeccionismo, un nivel de autoestima condicionado al rendimiento y la tendencia a medir la propia valía en función de los resultados obtenidos. Estas personas suelen sentir que merecen reconocimiento, tranquilidad o incluso descanso únicamente después de haber alcanzado determinados objetivos.

Por si fuera poco, el sobreesfuerzo puede convertirse en una estrategia de regulación emocional. Si es algo puntual, entra dentro de la normalidad, ya que todos queremos adelantarnos a ciertos imprevistos. "Si el sobreesfuerzo deja de responder a una necesidad real y se convierte en una forma habitual de funcionar,puede esconder el miedo a no estar a la altura, a perder el control, a cometer errores o a no conseguir los resultados esperados".

¿Otro posible motivo? Sentirse bien consigo misma. Muchas personas han aprendido a relacionar su bienestar con el hecho de estar ocupadas, avanzando o consiguiendo objetivos. "Cuando esto ocurre, la actividad deja de ser una elección y se convierte en una necesidad emocional. A menudo descubrimos que lo difícil no es trabajar, sino permitirse descansar sin sentirse incómodo, inquieto o culpable", destaca.

Afecta más a las mujeres

Tanto hombres como mujeres pueden caer en dinámicas de sobreesfuerzo cuando sienten que necesitan demostrar constantemente su valor profesional. "Ahora bien, algunos estudios concluyen que el síndrome del impostor es más común entre mujeres que entre hombres", sostiene la experta.

El círculo vicioso del ascenso

La relación es muy estrecha porque las personas con síndrome del impostor suelen tener dificultades para reconocer sus propios logros. En lugar de atribuirlos a su capacidad, su esfuerzo o su experiencia, tienden a explicarlos por factores externos como la suerte, las circunstancias o incluso la benevolencia de otras personas. Es lo que denominamos 'locus de control externo'. En muchos casos viven con la sensación de que han llegado hasta donde están por casualidad y con el temor de que, en cualquier momento, los demás descubran que no son tan competentes como aparentan.

Por eso, cuando reciben un ascenso, un reconocimiento o una mejora económica, no siempre lo interpretan como una consecuencia lógica de su trabajo, sino como algo provisional o inmerecido. La paradoja es que aquello que debería reforzar su confianza suele aumentar su inseguridad. Si ganan más dinero, pueden pensar que ahora tienen todavía más que demostrar. Si reciben más reconocimiento, sienten que la expectativa sobre ellos es mayor. Y si alcanzan una posición mejor, aparece el miedo a no estar a la altura.

Desaprender a trabajar en exceso

"Cuando una persona llega a situaciones de ansiedad, agotamiento o sobreesfuerzo crónico, es lógico intervenir primero sobre los síntomas. Necesitamos recuperar energía, reducir el nivel de activación y volver a una situación de estabilidad. Pero una vez superada esa fase inicial, conviene levantar la mirada y hacerse preguntas más importantes", añade.

Estas son algunas de esas cuestiones:

  • ¿A qué estoy dedicando mi tiempo, mi energía y mi esfuerzo?
  • ¿Sobre qué pilares he construido mi vida?
  • ¿Qué peso tienen el trabajo, la salud, las relaciones personales o el disfrute?
  • ¿Estoy viviendo de acuerdo con mis valores o simplemente respondiendo a expectativas que he ido acumulando con los años?

Más que buscar soluciones rápidas, puede ser necesario replantear algunas decisiones de fondo y redefinir qué significa para nosotros el éxito, el bienestar o una vida satisfactoria: "Además de aliviar los síntomas, necesitamos revisar el modelo de vida que los está generando".

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Y reaprender a descansar sin culpa

Una de las claves es diferenciar entre culpa y responsabilidad.

"La responsabilidad tiene que ver con aquello que depende de nosotros: nuestras decisiones, nuestras acciones y el impacto que pueden tener en una situación. La culpa, en cambio, es una emoción. Es una señal interna que aparece cuando sentimos que podríamos estar haciendo algo mal o incumpliendo alguna expectativa, propia o ajena", asegura.

Tu valía es mucho más que lo que trabajas

Ya solo queda desaprender la asociación entre valor personal y productividad."Uno de los rasgos más fascinantes del ser humano es precisamente su capacidad para revisar creencias, cuestionar patrones y construir nuevas formas de interpretar la realidad", explica la psicóloga.

Ahora bien, cuanto más tiempo llevemos asociando nuestro valor personal a nuestra productividad, más profundo será el trabajo necesario para modificar esa creencia. No es lo mismo cambiar una idea adquirida hace unos meses que una que nos ha acompañado durante décadas y que, además, ha sido reforzada por la familia, la educación, el entorno profesional e incluso la cultura en la que vivimos.

Una de las herramientas más poderosas para desaprender esta asociación es el autoconocimiento. Cuando una persona identifica cuáles son sus fortalezas, talentos y capacidades naturales, como asegura la experta, "empieza a comprender que no todo depende de la cantidad de esfuerzo invertido; de hecho, quienes mejor aprovechan sus fortalezas consiguen aportar más valor con menos desgaste".

En el ámbito profesional, esto puede traducirse en mejores soluciones, mejores relaciones o mejores resultados sin necesidad de aumentar continuamente el esfuerzo.

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