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NO TE PIERDAS El enemigo no siempre es el champú. La grasa en el cuero cabelludo en menopausia se combate en la ducha... y en la mesa
Otra frase que toca cambiar. Cuando hay problemas en la alcoba, la experta recomienda abordarlos desde el "me está pasando esto y quiero entenderlo", no desde el "tú ya no me atraes". FOTO: Fotograma DTF St Louis (HBO Max).
PARA REFLEXIONAR FUERA DE LA CAMA
Lo habitual es que la mujer se cuestione qué le pasa a ella para sentir menos deseo, sin embargo, los expertos lo tienen claro: hay que dejar de buscar defectos y reflexionar sobre el nuevo contexto.
Por Cristina Martín Frutos
7 DE OCTUBRE DE 2026 / 07:00
Nos han dicho por activa y por pasiva que el deseo, según cumplimos años, es como la energía, que no se destruye, solo se transforma. Pero lo cierto es que más de la mitad de las mujeres en la transición menopáusica refiere algún cambio en su vida sexual. Especialmente en las ganas de mantener relaciones. Entonces, ¿qué pasa? ¿hay algún problema real detrás? ¿Es solo la imaginación? La doctora Silvia P. González, ginecóloga y presidenta de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia, reconoce que algo sucede, sí. Sin embargo, insiste en que no se suele plantear de la forma adecuada.
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La ginecóloga anima a cambiar el planteamiento. "Tenemos que pasar del '¿qué me pasa que no tengo ganas?' a '¿qué necesitaría yo para tenerlas?'. La primera busca un defecto; la segunda, una condición. Y casi siempre la respuesta tiene que ver con descanso, contexto y afecto no sexualizado". Una perspectiva diferente que, de paso, levanta la liebre sobre otro tema: las hormonas no parecen tener aquí tanta culpa como sospechábamos.
Por supuesto, los desequilibrios hormonales tienen mucho que decir al hablar de libido. La caída estrogénica puede influir en la lubricación y en la elasticidad de los tejidos. Lo que, a su vez, puede generar sequedad e, incluso, dispareunia (dolor durante el coito). Pero no siempre existen estos factores. Es más, estos aspectos pueden hacer que no apetezca que el sexo sea sinónimo de penetración. Sin embargo, no tienen por qué afectar al deseo como tal. "Estamos ante el único síntoma en el que confluyen absolutamente todos los frentes. Un sofoco es un fenómeno termorregulador; el deseo, en cambio, depende de las hormonas, sí. Pero también del cerebro, del estado del tejido, del estrés, del ánimo, del sueño, de la biografía personal y de la relación. Basta con que se tuerza uno de esos vectores para que se note. Y en la perimenopausia se tuercen varios a la vez", aclara Silvia P. González.
Por tanto, en su opinión, "el contexto casi siempre pesa más que las hormonas". Aunque estas se encargan de poner el terreno de juego. La doctora suele recurrir a un ejemplo esclarecedor para explicarlo: el deseo funciona como un coche con acelerador y freno. "Las hormonas están sobre todo en el acelerador. Pero en esta etapa lo que se dispara son los frenos: insomnio; carga mental; hijos adolescentes y padres mayores a la vez; un cuerpo que ha cambiado y una cultura que nos ha enseñado a mirarlo con desconfianza. Se puede pisar el acelerador todo lo que se quiera, que si el freno de mano está echado, el coche no se mueve.
La presidenta de la AEEM empieza por acabar con la culpabilidad de un plumazo. No es una cuestión de la mujer ni tampoco de su pareja. "La culpa aparece porque hemos convertido el deseo en una obligación conyugal y en un termómetro del amor. Y no es ninguna de las dos cosas", expone. De hecho, recuerda que "la discrepancia de deseo entre dos personas es la situación más común en las parejas estables, no la excepción. No existe la pareja sincronizada; existe la pareja que lo habla". En el caso de las parejas heterosexuales, no hay que perder de vista que, alrededor de la cincuentena, la disfunción eréctil se dispara. Si se trata de una relación entre dos mujeres, puede que las dos se encuentren en el climaterio...
Por eso es tan importante compartirlo con la pareja. Eso sí, "hay que hablarlo fuera de la cama y fuera del momento exacto del rechazo". Además, la ginecóloga recomienda darle una vuelta de tuerca y plantearlo desde el 'me está pasando esto y quiero entenderlo'. No desde la idea de 'tú ya no me atraes'. Por último, no podemos perder de vista que, al llegar a los 45 o 50 años, muchas parejas llevan décadas juntas. Y, por costumbre, pereza o rutina, haciendo exactamente lo mismo. En el mismo orden. Los mismos días. A la misma hora. "Eso no es un problema hormonal, es que la rutina y el deseo se llevan bastante mal", recuerda la experta.
En este contexto, la idea no es ni mucho menos esforzarse por recuperar la vida sexual que se tenía a los 25 años. En ese momento, había urgencia, hormonas, descubrimiento... Pero también prisa, inseguridad y un desconocimiento razonable del propio cuerpo y de las propias emociones. Por eso, lo ideal, según la doctora González y la gran mayoría de expertos, es adaptarse al nuevo tipo de deseo. Para ello, la ginecóloga da unas pistas:
Lo primero que hay que tener en cuenta es si existe una causa física que influya en la libido. Porque, si bien esta puede alterarse por diversos factores, no podemos olvidar que ciertas condiciones —sequedad, atrofia vulvovaginal, cistitis de repetición...— pueden provocar no que el deseo desaparezca, sino que se retire. "En estos casos es un mecanismo de protección perfectamente lógico. Nadie desea aquello que le duele", apunta la doctora. Por eso se puede y debe tratar médicamente. Con estrógenos vaginales, valorar la terapia hormonal, con testosterona bajo control médico y, por supuesto, fisioterapia.
Cuando nos circunscribimos al deseo como tal, la terapia sexual y, especialmente, los programas de mindfulness aplicados a la sexualidad funcionan. "Cuentan con ensayos clínicos con resultados notables en deseo y excitación. Trabajan justo lo que más lo bloquea: la desconexión entre lo que el cuerpo registra y lo que la cabeza está pensando mientras tanto", asegura la ginecóloga. ¿Y la suplementación? "No hace milagros, pero sí hay algunos ingredientes respaldados por la ciencia, como el azafrán y el fenogreco".
El primero contiene crocinas y safranal, que actúan sobre la serotonina y la dopamina —de forma mucho más suave que un antidepresivo—, y en ensayos aleatorizados ha mejorado el deseo y la satisfacción, incluso en mujeres con disfunción sexual asociada a antidepresivos. El fenogreco o trigonella, en un ensayo controlado con placebo, aumentó la testosterona libre en torno a un 24% y mejoró el deseo y la excitación con ello. Ambos se encuentran en Flavia Libital, formulado pensando en esas mujeres que llevan un tiempo pensando, precisamente, en qué les pasa. Eso sí, a partir de ahora, deberían pensar mejor en qué necesitan para recuperar ese deseo...