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Las personas que afrontan la vida con un optimismo trágico responden mejor tanto física como fisiológicamente al estrés./ Foto: Pexels.

Mente

Qué tipo de optimista eres y cómo sacarle todo el provecho para tener más éxito en la vida

No es sano caer siempre en el pesimismo, pero tampoco se puede vivir en un estado constante de optimismo y felicidad.

Por Marcos López

12 de mayo de 2024 / 09:00

Hoy piensas que te vas a comer el mundo. Como todos los días. No importan los obstáculos que la vida, caprichosa, ponga en tu camino. Tu capacidad de superación no tiene límites y allá donde mires siempre descubres una oportunidad para crecer. Exhalas optimismo por todos tus poros. Lo que es muy bueno para tu salud tanto física como mental. De hecho, las personas que afrontan la vida con positividad viven más años y son más felices. Aunque su optimismo sea realista, cruel o trágico. Te contamos cuál es tu tipo de optimismo para que sepas cómo superar todas las adversidades.

Brad Stulberg, investigador, coach del bienestar y autor, entre otros libros de éxito, de Master of Change, explica que «para una persona optimista, el verdadero crecimiento es darse cuenta de que, a veces, las cosas apestan, y que eso está bien». Poruqe «no es sano caer siempre en el pesimismo», apunta María José Camiruaga, psicóloga clínica y autora de la serie de cuentos infantiles Clementina, a la par que recuerda que «tampoco se puede vivir en un estado constante de optimismo y felicidad».

Optimista realista (o «analítico»)

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El primer tipo de optimismo es el realista. Y según Martin Seligman, fundador a finales del pasado siglo de la Psicología Positiva, es el más idóneo dado que cuando se considera que todo optimismo es siempre bueno se dejan de lado tanto el realismo como la importancia de la oportunidad y de las emociones negativas.

No se trata de pensar que los obstáculos se van a superar porque sí, sino analizar cuál es la mejor manera de lograrlo y ponerse manos a la obra. Siempre pensando que habrá una solución –que hay que encontrar.

No consiste en ver el vaso siempre medio lleno, sino de ser consciente que siempre se puede ir hasta un grifo y rellenarlo. Es, indica María José Camiruaga, «como un positivismo aprendido. Un estado en el que miramos las dificultades como algo particular y limitado, a las que tenemos las capacidades de hacerle frente».

Optimismo cruel (o «tóxico»)

El optimismo cruel es, prácticamente, un positivismo tóxico. Un concepto acuñado por la teórica cultural Lauren Berlant por el que se define la actitud de aquellas personas que piensan que todos los problemas, por muy graves que sean, tienen arreglo.

Aunque las soluciones propuestas sean irrisorias y, en verdad, no dejen de ser una mera fantasía. Poner buena cara al mal tiempo que ya ha arrasado con todo. Un desapego de la realidad que, muestra la Universidad de Durham, acaba resultando muy perjudicial.

Por ejemplo, un optimista cruel pregonaría a los cuatro vientos que tiene la clave para solucionar el hambre en el mundo. Con independencia de la magnitud y lo arraigado que esté un problema, siempre sabrá ponerle remedio. Lo que para los oyentes que se vean encandilados por la seguridad de sus palabras resultará cruel. No sólo el obstáculo no se superará, sino que este optimismo desacerbado hará, como revela la Universidad de Ámsterdam, que nadie tome medidas verdaderamente adecuadas para tratar de ponerle fin.

Optimismo trágico (o «resiliente»)

Finalmente, existe el optimismo trágico, con el que el psicólogo Viktor Frankl, superviviente del Holocausto, quiso definir el positivismo que tienen muchas personas a las que la vida las ha tratado a patadas. Como refiere Brad Stulberg, «sería la capacidad de mantener la esperanza y encontrar un sentido a pesar de que la vida esté llena de pérdidas, sufrimiento y dolor ineludibles».

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Así, un optimista trágico sería aquel que entiende que la peor manera de ser feliz es tratando de serlo todo el tiempo o, peor aún, asumiendo que tiene obligatoriamente que serlo.

En definitiva, las personas que profesan este optimismo trágico aceptan la naturalidad de todas las experiencias y emociones humanas. Tanto la felicidad como la tristeza. Tanto la alegría como la apatía y el aburrimiento. Lo que supone una gran ventaja.

Como concluye Brad Stulberg, «los estudios han demostrado que las personas que viven la vida con una mente de optimismo trágico responden mejor tanto física como fisiológicamente al estrés: sienten menos dolor, ganan más fortaleza y tienen más probabilidades de seguir adelante después de desafíos disruptivos». ¿Estás preparado para ser un optimista trágico?

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