Quejarse sin parar es como usar un megáfono para contar un chiste malo: mucho ruido, poco efecto y ganas de taparse los oídos. FOTO: Cottonbro / Pexels.
Mente
El peculiar efecto secundario de quejarse por todo
Quienes critican todo a su alrededor acaban saturándonos a todos. Curioso que el problema casi nunca esté donde ellos creen... Así afecta a su salud (y la de los demás)
Por Marcos López
28 DE AGOSTO DE 2025 / 07:30
Hay personas que ejercen de críticos feroces. No tanto consigo mismas como con quienes les rodean. No dejan de juzgar lo que hacen los demás. Y nunca se guardan su opinión. Que, por cierto, no suele ser constructiva. De hecho, no es que se quejen mucho, es que tienen el don de quejarse por todo. Y tanta negatividad, tanto enfurruñamiento, termina pasando factura.
El problema oculto de las personas que se quejan mucho
Lanzarse a protestar por todo no significa, ni mucho menos, estar en posesión de la verdad absoluta sobre cómo abordar una situación. Lo que suele estar haciendo ese protestón profesional es poner un parche a un problema propio, no ajeno. La doctora Elisabeth Scheepers, especialista en psicología clínica, explica que «en ocasiones, las personas que juzgan a los demás lo hacen porque necesitan sentirse bien consigo mismas. Lo que denota que, en realidad, tienen una falta de confianza en sí mismas». Una especie de maquillaje emocional que no aguanta una buena lluvia…
No siempre se tiene la razón, por raro que parezca
La forma de ver las cosas es el resultado —entre otros factores— de la educación y las experiencias de cada uno. Que pueden diferir, y mucho, de las de la persona a la que se critica. Antes de lanzarse a despotricar, conviene abrir la mente y abarcar otros puntos de vista. Que, por extraño que parezca, pueden tener razón.
Como indica Scheepers, «algunas personas juzgan a otras por el simple hecho de creerse superiores, lo que por lo general es consecuencia de un conocimiento superficial». Este hábito se reduce cuando el juez autoproclamado se permite informarse y ensanchar su perspectiva.
Menos indignación, más curiosidad
En lugar de irritarse, conviene tratar de entender por qué los demás actúan como actúan. Practicar la empatía. Sobre todo si la vida se rige por una continua sensación de agravio, como si el mundo entero conspirara en contra.
La curiosidad también debería apuntar hacia dentro. Indagar en la naturaleza del enfado. Porque, como recuerda Scheepers, «las personas también juzgan a los demás cuando observan comportamientos que les desagradan en ellas mismas». Y luego está la cuestión práctica: protestar sin un fin útil es como tirar la energía a la basura. Toda queja debería tener un propósito: enmendar un mal hábito que molesta. Y siempre desde el respeto y la asertividad, evitando que suene a acusación… porque eso solo alimenta la hoguera.
El cuento del lobo… versión quejica
Como en la historia de Pedro y el lobo: de tanto quejarse, la gente deja de tomar en serio al que protesta. Aunque tenga razón, sus palabras acaban cayendo en saco roto. Incluso las personas más cercanas aprenden a escuchar el tono… y desconectar antes de que termine la frase.
Weronika Formela, coach de bienestar, lo resume así: «Desde un punto de vista social, las quejas excesivas pueden dañar las relaciones, ya que la negatividad constante puede ser agotadora para quienes rodean al protestón».
Y, encima, pasa factura
Vivir en un estado continuo de protesta no solo agota a los demás: también desgasta la salud de quien se queja. El Colegio Imperial de Londres ha mostrado que esta actitud se asocia a más ansiedad y depresión. Como concluye Formela, «la ciencia ha sugerido que quejarse de forma habitual puede conllevar un incremento de los niveles de estrés, potenciando la liberación de cortisol, una hormona asociada con distintos problemas de salud».
Vamos, que entre las arrugas de fruncir el ceño y la montaña rusa hormonal, la queja sale cara.
La energía, mejor en otra parte
Si hay que gastar energía, mejor que sea en algo que sume. A veces, callar o preguntar con curiosidad tiene más impacto que diez discursos indignados. Y si de verdad se quiere cambiar algo, lo lógico es empezar por lo que está bajo control: la propia actitud. El resto del mundo… ya veremos.