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NO TE PIERDAS ¿Qué puedo hacer si... odio que todos se vayan fuera en vacaciones?
Deja de mortificarte porque todos se han ido a la playa o al pueblo. Es hora de inventar tus propios planes. FOTO: Наталья Маркина/Pexels.
¿Qué puedo hacer si....?
Ni todo el mundo se lo está pasando tan bien como parece en Instagram, ni es sano pasarse todo el día 'scrolleando'.
Por Paka Díaz
31 DE JULIO DE 2026 / 07:30
Llega el verano, todo el mundo parece feliz. Pero, mientras a ti te toca trabajar en una ciudad vacía con temperaturas extremas que afectan a tu mente, tus amigos se han ido al pueblo, a la playa… a lugares mejores, sin duda. Tu mejor amiga teletrabaja desde Jávea desde finales de junio y no vuelve hasta septiembre. Pero tú no, estás atada a la cultura presencial y encima, justo ahora que tienes más tiempo por la jornada reducida, te tienes que quedar en la ciudad. Y, la verdad, no lo llevas nada bien.
Sin planes y sin red de contacto, tienes la sensación de que la vida está ocurriendo, pero en otra parte. Y a ti no te han invitado a esa fiesta. Para muchas personas, esta experiencia activa emociones intensas de soledad, comparación e incluso cierta envidia difícil de admitir. Aunque trates de darle vacaciones a tu mente. Y no es casualidad porque, según apunta la psicóloga sanitaria Marga Salinas, «el verano tiene una carga simbólica muy potente».
Especializada en autoexigencia y procesos de cambio, Salinas explica que «asociamos al verano con descanso, viajes, vida social y disfrute». Cuando nuestra realidad no encaja con esa imagen, aparece una distancia dolorosa entre la vida que tenemos y la que creemos que deberíamos tener. Durante el resto del año, muchas relaciones se sostienen casi sin hacer nada. La rutina compartida tiene mucho que ver.
Pero en verano, todo eso se desarma. «Se dispersan las rutinas sociales que nos sostenían», señala Salinas, «la gente cambia de ciudad, de horarios, de hábitos. Y quienes se quedan pueden sentir que su red se desdibuja», destaca.
No es solo que te falten planes cuando tus amigos están de vacaciones, sino que, vamos a ponernos un poco profundas, también te falta la sensación de pertenencia. Y es que el FOMO (fear of missing out), el miedo a quedarse fuera, parece que da más fuerte con el calor. Pero en verano adopta una forma particular. «No se trata solo de perdernos un plan concreto. Sentimos que nos estamos perdiendo una forma de vivir que parece más luminosa, más libre, más acogedora», explica la psicóloga. Y eso parece que te hace sentir un lastre muy pesado.
No tener un lugar al que ir también duele. Porque hay un factor del que se habla poco: no todo el mundo tiene un pueblo, una casa familiar o una red disponible en verano. Y, como pasa muchas veces en Navidad, verlo en otros lo hace más presente. Y te puede remover más de lo que parece. «No tener un lugar al que volver no es una anécdota menor si conecta con el sentido de pertenencia o el arraigo», afirma Salinas.
«A veces lo que duele no es solo no tener plan, sino sentir que otros sí tienen un refugio». En ese contexto, la envidia puede aparecer. «Muchas veces no envidiamos el pueblo o la casa en sí, sino lo que representan, una red que sostiene, una tradición, una vida compartida«.
Otro punto clave es diferenciar entre descansar y abandonarse. Porque cuando la soledad aprieta, es fácil caer en dinámicas que la empeoran: aislarse, desordenar horarios, pasar horas en redes sociales o quedarse atrapada en el pensamiento. «Una pregunta útil es: ¿esto que estoy haciendo me reconforta o me desgasta?», propone Salinas.
Escuchar tu emoción sin juzgarla es el primer paso para gestionar eso tan parecido a la envidia que sientes ante tu soledad veraniega, y el disfrute playero de tus amigos. Además, debes comprender que a la situación real que estás viviendo, de menos planes, menos contacto, se suma algo aún más potente, el relato que te cuentas a ti misma sobre ello.
«Te puedes decir ‘mi entorno se ha ido’. O el relato puede ser: ‘Me dejan fuera, no les importo, todos tienen una vida mejor que la mía», señala Salinas. Esa segunda capa convierte una experiencia difícil en una identidad herida. Por eso, uno de los recursos que propone la psicóloga es el reencuadre compasivo, más ajustado a la realidad probablemente y, seguro, menos cruel. «Podemos decirnos que otros estén fuera no significa que yo no importe», sugiere.
La solución no pasa por llenar la agenda sin parar, ni por aislarse. El equilibrio es más sutil. Una herramienta útil es crear un calendario ancla. O sea, una estructura mínima que sostenga el día a día sin depender del estado de ánimo. Salinas propone hacerlo en tres niveles. Uno de vínculo, espacios con presencia humana, como clases, talleres, voluntariado…
Otro sería dedicado al cuerpo, con actividades de movimiento físico que te saquen del bucle mental, por ejemplo, caminar, nadar o ir a bailar. Y el tercero, incluir actividades con sentido o propósito, que con tus intereses y tu curiosidad. Por ejemplo, leer, crear, aprender algo nuevo. O irte a un museo a descubrirlo en soledad. «No se trata de fabricar un verano perfecto, sino del más acogedor posible para una misma», aclara.
Por último, la experta señala que hay que intentar salir de la comparación y el bucle mental. Porque ver a otros en la playa mientras tú sigues en la ciudad puede activar una tormenta mental difícil de frenar. Por ese motivo, en esos momentos, la clave no es eliminar el pensamiento, sino cambiar la relación con él. «Podemos imaginar que estamos atravesando una tormenta. No somos la tormenta, somos el cielo en el que ocurre». Esa distancia permite dejar de pelearte con lo que sientes y empezar a cuidarte.
En un mundo donde parece que todo el mundo tiene un plan mejor, y hasta un lugar mejor donde estar, quedarse puede sentirse como perderse algo. Pero también puede verse como una oportunidad. La de construir una forma de estar y de cuidarse que no dependa de lo que hacen los demás, ni te haga sentir FOMO.
Porque, al final, pertenecer no siempre es estar en el mismo sitio que otros. A veces, empieza por no abandonarte a ti misma.
Te compras la camiseta de España, discutes con el árbitro desde el sofá y acabas diciendo "hemos ganado" como si hubieras pisado el césped. Y todo esto tiene una explicación.