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El azúcar tiene gran poder adictivo sobre nosotros./ Foto: Pexels.
ALIMENTACIÓN
Hay una explicación para que te apetezca más una palmera de chocolate que una zanahoria pero no tiene por qué ser siempre así: puedes engañar y reeducar a tu organismo.
Por María Corisco
27 DE DICIEMBRE DE 2023 / 13:00
No tienes la culpa de que te gusten más los dulces y la pizza que la lechuga y el brócoli. Ni de que, en un bufé, se te vayan los ojos detrás de los cruasanes en vez de tras la macedonia de frutas. De alguna manera, venimos de serie con esa preferencia hacia lo dulce, lo hipercalórico, lo contundente. Pero, aun siendo difícil resistirse, no es imposible.
La apetencia por este tipo de alimentos, explica la psicóloga Ana Morales, experta en nutrición emocional, “es algo evolutivo, lo llevamos codificado. Nos atraen los alimentos ricos en grasas y azúcares porque nos proporcionan energía de una forma muy rápida y, además, nos dan un subidón de azúcar que es lo que necesitaban nuestros antepasados cuando estaban en las cavernas”.
Toca remontarse a épocas pasadas. Durante gran parte de la evolución humana, la disponibilidad de alimentos ricos en grasas y azúcares era limitada. Nuestros antepasados desarrollaron una preferencia innata por estos nutrientes, ya que proporcionaban “una fuente concentrada de energía, esencial para la supervivencia y la actividad física”. Es aquí donde se encuentra la explicación a que nos gusten tanto los dulces:
Con todos estos mimbres, no debe extrañar que se prefiera comer un trozo de tarta o de pizza antes que una zanahoria o una manzana. “La zanahoria es algo más racional: te la comes porque entiendes que es algo que va a nutrir, que es bueno para tu cuerpo… pero no es que te dé un chute de felicidad”.
Más allá de estas cuestiones evolutivas, hay otro componente que juega un papel destacado en esta liga: la atracción por lo prohibido. “En nuestra cabeza solemos cometer el error de clasificar los alimentos en buenos y malos. Y, cuando tienes ante ti un alimento prohibido, calificado como malo, a tu mente le atrae mucho más. Se vuelve mucho más deseable todavía”.
Por tanto, el primer aprendizaje pasaría por “quitarles moralidad a los alimentos. No son buenos ni malos, no deberían estar permitidos o prohibidos. Ni los donuts van al infierno ni las zanahorias al cielo. Son alimentos, aunque ciertamente con diferente calidad nutricional”.
La idea es no prohibir, pero empezar a comer de forma consciente. “¿Vas a comer una hamburguesa? Nadie te lo impide, pero come con los cinco sentidos, disfruta, mastica, saborea. No engullas como si fueras un pavo. Se trata de difuminar la línea entre bueno y malo, entre prohibido y permitido”.
A medida que se difumina, también es importante liberar a frutas y verduras de la connotación de alimentos “obligatorios”. Al cerebro no le gustan las presiones, señala la psicóloga, “y si tienes un poco de ramalazo rebelde te vas a tomar como una imposición el comer vegetales. Hay que procurar que la mente entienda que forman parte de la dieta, salir del «tengo que comer esto» para empezar a razonar que son alimentos que te ayudan a sentirte mejor y que comerlos no implica que tengas que renunciar a todos los demás. Es integrar frutas y verduras dentro del conjunto de toda la alimentación. Te contamos cómo puedes hacerlo.
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