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Si algo te ronda la cabeza, quizá sea el momento de confesarlo. / Foto: Getty.
SALUD MENTAL
Decir en voz alta algo que te avergüenza o que te deja en mal lugar puede ayudarte a liberarte de la culpa, aceptar tus imperfecciones y avanzar. Y no, no es imprescindible que sea en una iglesia.
Por María Corisco
22 DE JUNIO DE 2024 / 08:30
¿Hay algo que guardas dentro de ti y que no querrías confesar jamás? Puede ser una deslealtad, un error que has mantenido oculto, un secreto que te avergüenza, un momento de cobardía o una traición con todas las de la ley. Vivir con ese peso contribuye a que los demás no tengan un mal concepto de ti, pero también puede ser fuente de estrés, ansiedad y mala conciencia. En estos casos, la confesión puede ser sorprendentemente liberadora.
No es una cuestión de credos, penitencia o condena. Es verdad que, habitualmente, asociamos el concepto de confesión a tres grandes escenarios:
Pero, en la vida cotidiana, hay muchas otras situaciones en las que la confesión puede brindar beneficios importantes para la salud mental y emocional. No estás confesando un pecado, un delito o un amor secreto, sino pequeñas (o grandes) transgresiones de las que no te sientes especialmente orgulloso. Y, al revelarlas, al sacarlas fuera de ti, sientes una sensación de liberación.
En este contexto, explica la psicóloga Esther Cantos, “la confesión lleva implícito un sentimiento de vergüenza, es la revelación de una falta que hemos ocultado. Esta sensación de “culpa” es lo que hace que una confesión sea algo más que desvelar un secreto: nos arriesgamos a mostrar una vulnerabilidad, una imperfección, algo que puede dañar lo que los demás piensan de ti”
Precisamente por ello, el primer freno a la hora de confesar algo es “el deseo de proteger la buena imagen que queremos proyectar, de mantener a salvo nuestro personaje”. Si entre tus valores se encuentra el respeto, te costará confesarle a tu hermana que has leído su diario o a un compañero de trabajo que has cotilleado su correo electrónico; si te gusta que te vean como alguien íntegro, no querrás confesar aquellas veces en las que has hecho trampas o mentido para conseguir un beneficio, tal vez a costa de alguien.
También está el peso de las posibles consecuencias: “A veces, la confesión no sólo puede acarrear decepción en el otro; también puede suponer que algo cambie de forma irremediable”, apunta la psicóloga. Es lo que puede suceder cuando te decides a confesar a tu pareja que un día le fuiste infiel, o a tu jefe que fuiste tú el responsable en la sombra de un problema serio en el trabajo.
Pero, aun así, la confesión puede tener un poder de redención y de descanso. “Una de las claves es sentir que ya no eres la misma persona que hizo aquello en el pasado. Puedes decirlo, ponerlo sobre la mesa, porque hoy no harías lo mismo, y quieres reconciliarte con tu yo del futuro”.
Estos son, en resumen, los beneficios de la confesión:
La ciencia ha dibujado una especie de curva del bienestar para responder a una pregunta difícil: cuándo empieza de verdad el efecto reparador de alejarse de la rutina