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La entrada del spa.

LIFESTYLE ECO

Entramos en el Royal Mansour, el oasis de lujo para desconectar del estrés en el corazón de Marrakech

Un riad privado para cada huésped y un spa (con piscina y hammam) de 2.500 metros cuadrados. Esos son dos de los atractivos de uno de los mayores emblemas del bienestar del mundo.

Por MARÍA FERNÁNDEZ-MIRANDA

21 de diciembre de 2023 / 10:02

“No está contraindicado: ve y empieza a apoyar el pie poco a poco”. Es el consejo que me da el médico cuando le pregunto si considera oportuno que me coja un avión tres semanas después de haber sufrido un esguince de tobillo. De modo que le hago caso y embarco con destino a Marrakech incluyendo una muleta en el equipaje de cabina. Sin duda un incordio, pero me parece un mal menor. Al fin y al cabo, no tengo intención de salir del hotel: voy a alojarme en el Royal Mansour, que cuenta con un multipremiado spa, y me han asegurado que mi paso por ese oasis privilegiado beneficiará tanto a mi dolorido cuerpo como a mi estresada mente.

La experiencia de lujo comienza en el momento mismo en el que pongo un pie (o los dos: el sano y el enfermo) en el Menara Aeroport. Un empleado del hotel me espera para recoger mi equipaje y trasladarme hasta el Royal Mansour. El coche al que me subo tiene los asientos de cuero y la temperatura perfecta; a través de la ventanilla contemplo el caos circulatorio de coches y motos. Pero ese bullicio se esfuma en cuanto enfilamos la carretera privada –todo silencio y palmeras– que nos conduce hasta nuestro destino final. Al llegar, un ejército de hombres ataviados con casacas granates se encargan de mis maletas y me acompañan hasta la recepción. No puedo dejar de mirar a mi alrededor, embriagada por la profusión de lámparas de cristal y de delicados mosaicos. Me encuentro en el interior de un palacio árabe morisco.

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Una ciudad dentro de una ciudad

Enseguida me explican que aquí los huéspedes no se alojan en habitaciones, sino en riads, es decir, en casas individuales que siguen la tradición arquitectónica marroquí, con su característico patio. Mientras me dirijo hacia mi riad, me doy cuenta de que el Royal Mansour es como una ciudad en sí mismo, una ciudad escondida en el corazón de Marrakech, muy cerca de la famosa plaza Jemaa El Fna, tras unas imponentes murallas del siglo XII. Ya ha anochecido y flota un halo de misterio en estas callejuelas iluminadas por faroles.

La entrada del hotel Royal Mansour.

Llegamos al riad número 11 (en total hay 53). Al abrir la puerta pintada de azul, tengo que frotarme los ojos para asegurarme de que no estoy soñando. Ante mí se despliega un precioso patio recubierto de azulejos verdes y con una fuente de la que brota el agua con un murmullo. Más allá atisbo un salón con chimenea, una pequeña cocina y un aseo. Y esto es sólo la planta baja. En la segunda me encuentro con un vestidor y, unos pasos más allá, una puerta de madera da paso a una de las habitaciones más espaciosas que he visto en mi vida. También tiene cuarto de baño, claro, con una bañera que casi parece una piscina olímpica. Hablando de piscinas, aún falta lo mejor: en la azotea descubro una pequeña piscina para mí sola. Me explican que en las distintas plantas hay puertas secretas por las que se irá colando el personal encargado de que no me falte de nada. “¿Le traigo chocolate?”, me pregunta el mayordomo con una sonrisa. Sí, se me olvidaba: también tengo mayordomo.

Un rato después me dispongo a cenar en uno de los cuatro restaurantes del Royal Mansour, La Grande Table Marocaine, con música en directo y una deliciosa carta marroquí. No es el único menú que consultaré esa noche, pues tengo a mi disposición una carta de almohadas para elegir la que mejor me ayude a conciliar el sueño. A la mañana siguiente, el mayordomo me sirve el desayuno en la azotea, en una mesa cubierta con un delicado mantel blanco. Mientras bebo mi zumo de zanahoria me concentro en la visión de las fachadas rojizas que tengo ante mí y en el sonido cadencioso del almuecín llamando a la oración. Meto la mano en mi piscina privada; el agua está templada. Pero a estas horas de la mañana aún hace frío, así que opto por abrir el libro que me he traído a este viaje. Es “La muerte contada por un sapiens a un neardental”, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga. “La vida es inmortal. Los individuos se reemplazan, pero el sistema permanece. No hay muerte, hay renovación”, leo. Estas palabras cobran sentido en el entorno en el que me encuentro, una finca de cinco hectáreas en la que la naturaleza es tan majestuosa que los huéspedes parecemos insignificantes.

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Con aroma a menta y geranio

Una de las piezas de este gran puzzle que conforma el Royal Mansour es el spa. La sala de espera está coronada por una estructura de metal blanco que parece una gigantesca pieza de encaje. Más allá está la tienda, donde se pueden adquirir productos de marcas como Sisley, pionera de la fitocosmética. Mi pie dolorido me desaconseja disfrutar del bellísimo hammam, y tampoco estoy en condiciones de recorrer a nado los 22 metros de largo de la piscina encerrada en una burbuja de cristal, así que me voy directa a una de las cabinas de tratamiento. Allí, tumbada en una camilla con vistas a una pequeña terraza interior, la terapeuta masajea mi cuerpo y se detiene en mi pierna derecha, resentida tras haber permanecido inmóvil durante varios días por prescripción médica. Aspiro para llenarme del aroma a menta y a geranio.

hammam
El hammam del Royal Mansour.

En este imponente spa de 2.500 metros cuadrados me entero de que el Royal Mansour ofrece completos programas de bienestar dirigidos a reequilibrar las emociones, alcanzar un peso saludable, aminorar los signos del paso del tiempo o reforzar el sistema inmune. Supongo que los efectos de todas las terapias empleadas (desde el ayurveda hasta la medicina tradicional china, pasando por el yoga o la meditación) se potenciarán tras pasear por los jardines, diseñados por el paisajista español Luis Vallejo y en los que los naranjos conviven con los olivos centenarios. Son los jardines que ahora mismo estoy contemplando, desde el mirador de la sala de relajación del spa, mientras bebo una infusión y miro, agradecida, mi muleta. Qué gran excusa para no tener que hacer turismo, para poder exprimir cada minuto en el Royal Mansour, el secreto mejor guardado de Marrakech.

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