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Comer chucherías te hace recordar tiempos mejores./ Foto: Moschino.

Salud mental

Por qué te gusta comer chuches y hacer cosas de niños: así lo explica la ciencia

La psicóloga Ana Morales, especialista en nutrición emocional, da las claves sobre el significado de comer chuches y explica su relación con el disfrute, la infancia, el permiso y la culpa.

Por María Corisco

4 de abril de 2024 / 17:00

¿Qué sientes cuando estás ante los coloridos expositores de una tienda de chuches? ¿Qué emociones se mueven en tu interior cuando te concentras en elegir las que más te gustan y cuando te sientas a darte tu pequeño festín de sabores, colores y texturas? No es sólo una cuestión del subidón de azúcar: las chucherías son mucho más que bombas dulces y son capaces de activar rutas que te conectan con la infancia, con el placer, con el disfrute fuera del tiempo.

«Las chuches son como esa amiga que siempre está lista para la fiesta: son pequeñas, coloridas y capaces de levantar el ánimo en cuanto las ves», explica la psicóloga Ana Morales, especialista en nutrición emocional y aceptación corporal, que acaba de publicar su primer libro, «¡Qué buena estoy! Tira las dietas a la basura y vive con salud emociona» (ed. La Esfera de los Libros). Según explica, «no es sólo el azúcar lo que nos engancha, sino la posibilidad de zamparnos una variedad de sabores en una sola sentada: en un momento te estás comiendo una nube y al siguiente, estás atacando a un oso de goma».

Hay muchos atractivos detrás de ese gesto de comprar dulces: «Pararte frente a un expositor de chuches con tu bolsa y las pinzas es casi como tener el control remoto de la TV en un sábado por la tarde: un poder absoluto para escoger exactamente lo que te apetece. Dulce, salado, ácido, todo al alcance de tu mano. Esa variedad de sabores es algo que ningún pastel, por más esfuerzo que haga, podrá ofrecerte».

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Y la pregunta del millón, ¿son las chuches solo para niños? Ni de lejos, asegura la experta: «Son para cualquiera que no haya olvidado cómo disfrutar de las pequeñas cosas, para todos los que saben que darse un capricho de vez en cuando es parte de lo que hace la vida divertida. Son un recordatorio de que no importa cuántos años tengas, siempre hay espacio para un poco de diversión… y, para una bolsa de chuches también. Por supuesto, con moderación».

Por qué deberían comer chuches los adultos

En Noruega, país donde reside Ana Morales desde hace 12 años, las chuches no se consideran algo propio de los niños. «Aquí los adultos también entramos al juego, especialmente con nuestra versión del “lördagsgodt”, que es como el primo noruego del “lördagsgodis” sueco. Consiste en dedicar un día a la semana, los sábados, para disfrutar del ritual de comer chuches. Es una forma vikinga de decir que un poco de azúcar no sólo no hace daño, sino que es casi un requisito para mantener el equilibrio emocional».

Se trata de un ritual que va más allá de los dulces y es un reflejo de cómo los escandinavos ven la vida. «La gente puede trabajar duro durante la semana, pero también saben cuándo parar y darse un gusto sin sentirse culpables. Ver a los adultos en Noruega emocionarse por comprar chuches podría parecer extraño para algunos, pero para ellos concederse esos pequeños lujos es vital. No es solo sobre darse un capricho; es recordar que la vida es para vivirla, para saborearla en todos los sentidos. Para ellos, es la fórmula secreta para la felicidad: pequeñas dosis de indulgencia, equilibradas con un estilo de vida activo y saludable».

En España, en cambio, no existe nada parecido. Todo lo contrario, es frecuente que surja un cierto sentimiento de culpa o de vergüenza por comer chuches. De ahí que se utilice la excusa de los niños, o del truco o trato de Halloween, para darse ese permiso. Es una idea que la experta quiere desterrar: «¿Quién dijo que sólo los peques pueden disfrutar de las chuches sin culpa? Vamos, todas tenemos esa historia: prohibiciones de infancia, el sueño de comprar montañas de chuches “cuando sea mayor” y, ahora que tenemos la libertad (y el sueldo) para hacerlo, ¿nos vamos a poner serias?».

El asunto de “comprar chuches para los niños” y hacer al final una cata personal es todo un clásico, asegura la experta: «Más que un acto de rebeldía es como hacerle un guiño cómplice a esa niña interior que nunca entendió por qué había que comerse las acelgas antes del postre. Para muchas, esto va más allá del simple antojo. Nos permite reconectar con esos momentos felices de nuestra niñez, cuando el mayor problema que teníamos era elegir entre una gominola de cola o un oso de fresa. Las chuches pueden ser ese puente hacia momentos más inocentes y alegres, un recordatorio de que, a pesar de las facturas y las responsabilidades, todavía hay espacio para disfrutar de las pequeñas cosas».

¿Son más las madres que encuentran placer en las chuches? Probablemente sí. Y Ana Morales apunta que «puede ser un reflejo de cómo la sociedad todavía pinta a la mujer como la principal cuidadora, encargada de las compras del hogar, incluidas las chuches. Además, si hablamos de buscar consuelo en la comida, descubrimos que el 51% de las mujeres, frente al 39% de los hombres, recurren a los dulces como una forma de gestionar los antojos emocionales, lo que explicaría por qué las mujeres solemos comprar más chuches, no solo para sus hijos sino como un pequeño acto de autocuidado. O tal vez, es que las mujeres simplemente somos más honestas sobre darnos esos pequeños placeres».

Cómo las chuches activan la nostalgia

Es cierto que ahora hay tiendas fastuosas repletas de todo tipo de golosinas que jamás pudieron imaginar cuando eran niños. Pero también hay hueco para la nostalgia de aquellas chuches de la infancia, menos sofisticadas pero que abrían todo un mundo de placer y disfrute. Por eso han surgido tiendas de retrochuches, detrás de las cuales, señala la experta, «hay una mezcla de nostalgia, memoria e identidad. Son como máquinas del tiempo comestibles. Algo así como un billete directo a los días en que tu mayor preocupación era elegir entre el chupachups de Kojak o un paquete de chicles Cheiw. No es solo un capricho por el sabor; es un viaje nostálgico al baúl de los recuerdos, un ancla que nos llevan de vuelta a una época más simple, más auténtica.»

El encanto de volver a encontrar esas chuches de la infancia «es una prueba de cuánto influyen los sabores en nuestra memoria y nuestra identidad. No solo estamos saciando un antojo, también estamos reconectando con nuestra historia personal, con aquellos momentos que nos formaron. Las retrochuches no son simplemente golosinas; son trozos de nuestra historia que nos invitan a recordar quiénes somos y de dónde venimos. Son más que dulces; son puentes hacia nuestro pasado, recordatorios dulces de que, aunque crezcamos, hay partes de nosotros que permanecen intactas, siempre listas para revivir la alegría de esos días sin preocupaciones».

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Parques de bolas para adultos

En línea con este placer se encuentra también el boom de los parques de bolas y atracciones hinchables para adultos. En opinión de la psicóloga, este boom «es una señal de que, aunque los años pasen, seguimos teniendo ganas de divertirnos. No se trata solo de un viaje nostálgico al “¿recuerdas cuándo?”, sino una señal clara de que estamos buscando, con ganas, escapar de la presión constante de ser siempre productivos y “adultos”.

A su juicio, «vivimos en una sociedad donde la eficiencia y la productividad son los reyes, pero estos espacios nos recuerdan que parar y jugar es esencial, no solo para nuestro equilibrio mental, sino para reconectar con esas partes de nosotros más simples y auténticas que la adultez tiende a silenciar».

El fenómeno no se trata solo de querer recuperar viejas alegrías y puede ser «un indicador de que, tal vez, estamos empezando a repensar lo que realmente significa vivir bien. Estos espacios de juego demuestran que la felicidad y el placer son tan fundamentales para nuestra salud como cualquier dieta o rutina de ejercicio. Nos invitan a redescubrir el juego no solo como una forma de entretenimiento, sino como una herramienta esencial para nuestra exploración personal, creatividad y, sobre todo, bienestar emocional».

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